
Es la nostalgia del pensar
la que desarma el tacto, que alguna vez,
se tejió entre nuestros pliegues,
entre los respiros que crecían, como la distancia
entre el pasado seguro,
el presente tangible
y el futuro que amenaza tras la ventana.
Somos tan débiles como una hoja otoñal
que solo aspira a crujir su último impulso,
su último roce vivo y atento.
Tan estúpidos,
que nos escribimos sobre el agua,
donde nuestra intención no prolifero,
no alcanzo a ser leída por el cielo,
solo nos hundimos compasados
y nos trasformamos en ese punto final,
que yace ahogado en el fondo,
de lo que alguna vez llamamos real.
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